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Doña Lety, toda una institución en la aviación civil de Culiacán

Con más de 30 años atendiendo a pilotos y personal aéreo, la señora Leticia Mondragón ha convertido su cocina casera en punto de reunión, conversación y arraigo

Culiacán, Sin.— En una pequeña cafetería dentro del aeropuerto de aviación civil en Culiacán, una figura se ha vuelto entrañable para generaciones enteras de pilotos, técnicos y controladores. Es doña Leticia Mondragón, o simplemente “Doña Lety”, como todos la conocen, aunque al principio, admite entre risas, el apodo no le gustaba.

“Decía yo, ¿por qué ‘Doña Lety’? Mejor señora Lety… pero cuando uno dice eso, más te lo dicen. Entonces ya lo adopté”, recuerda con natural simpatía.

Originaria de la Ciudad de México, Leticia llegó a Culiacán tras el accidente de su esposo, piloto de taxi aéreo que perdió la vida en un vuelo rumbo a la sierra. Desde entonces, echó raíces en la capital sinaloense, donde crio a sus dos hijos —hoy ambos profesionistas— y encontró en la aviación civil una comunidad que también hizo suya.

“Mi hija es controladora aérea, mi hijo es ingeniero. No me permiten decir sus edades, pero ya están grandes, ya caminan solos”, comenta con orgullo.

Durante más de tres décadas ha estado al frente de su pequeño local, donde sirve comida casera a quien cruce su puerta. Pilotos, instructores, personal de torre, estudiantes y hasta empleados del FBO (Fixed Base Operator) se dan cita para degustar sus platillos. Pero más allá del sabor, lo que la distingue es el trato, la atención personal y el cariño con que cocina.

“Para mí es más importante ver que quedaron satisfechos, no es el dinero. Yo lo disfruto, amo lo que hago”, afirma. “Cada día quiero ser mejor, que les guste más. Pregunto mucho porque me gusta aprender”.

Sin días de descanso —excepto los domingos, cuando abre más tarde— y solo cerrando durante las fiestas de fin de año, Leticia ha sido testigo del paso del tiempo en el aeropuerto. Desde los años en que operaba bajo ASA, con un pequeño espacio de apenas dos metros, hasta la transformación con OMA y las nuevas instalaciones, su presencia se ha mantenido constante.

“Yo he visto a muchos pilotos llegar siendo estudiantes y luego venir ya uniformados, volando en aerolíneas grandes. Se acuerdan de mí, vienen a saludarme, a ver si todavía ando por aquí”, dice con una sonrisa nostálgica.

También ha convivido con generaciones de sobrecargos, técnicos y mecánicos. “Me gusta hablar con la gente que sabe, porque me gusta aprender de ellos. Aquí me retroalimento, aquí me siento parte”.

En la aviación civil de Culiacán, el rostro de Doña Lety es parte del paisaje. Su calidez y su sazón han dejado huella en quienes despegan y aterrizan, pero también en quienes han encontrado en su rincón una conversación amable, un café con pan, y el cariño de una mujer que ha hecho del aeropuerto su segundo hogar.

 

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